Cuenta
la historia que hubo una vez una niña maga de largos cabellos rizados que tenía
por morada un monoblock del Barrio Infico en San Fernando. La gente hablaba de los poderes de su varita, de cómo hacía
desaparecer los juguetes de los compañeros de la escuela, los lápices de
colores, y también de un truco que ella misma había ideado con su paloma Shirley, por supuesto una paloma amaestrada.
Un
día sus padres, que deciden seguir los pasos de los progenitores de Macoulay
Coulkin, o de cualquiera que haya explotado a sus hijos por dinero, llaman a la
prensa para dar a conocer a la niña maga.
No era la primera vez que la prensa tenía noticias de esta niña. Cuando
tenía tres años, luego de una caída de un séptimo piso que no le dejó la menor
secuela, se había corrido entre los vecinos el rumor de que sanaba enfermos. Y
así es que comenzaron a llegar desde la capital, caravanas de ciegos,
sordos e inválidos para que la niña los curara. Pero todo esto terminó
rápidamente, ya que al segundo día, Marielita Loyola contagió de sarampión a
toda su clase y la gente dejó de creer.
El
día en que toda la prensa argentina llegó a Barrio Infico, las
madres bañaron y perfumaron a sus hijos por si salían en la tele. Se
calzaron los dientes postizos las que tenían, y lavaron y plancharon ropa
de ocasión. Hubo una fila de periodistas agolpándose en la
puerta de la casa de la familia Loyola. Se los recibió a todos con
abundante café y un biscochuelo horneado especialmente. Cada detalle fue
digitado por Marielita, que le había explicado a cada quien la función a
desempeñar durante la velada. Papá serviría el café para los invitados y mamá
sería la asistente de sus trucos.
A las cinco se abriría la puerta. La orden fue hacer sentar al público,
charlar un poco, responder las preguntas que ellos harían acerca del
crecimiento y la alimentación de la hija, de por qué no tenía
hermanos, etc…Y a las cinco y veinte anunciar la actuación sobre un
escenario que Lalo, el carpintero, había construido y colocado en el centro
mismo del living comedor.
Cinco
y veinte en el reloj pulsera de Anselmo Loyola. Presentación, música de
Floricienta acompañando la escena. La niña sale de capita rosa cocida a máquina
por mamá y un vestido de paño lenci usado por ella en un acto del colegio
el año anterior. Varita en mano, queriendo sorprender al
público al hacer un gesto espectacular con su brazo, lanza hacia arriba a Shirley y entonces: Sangre. La asistente no había reparado en la presencia
del ventilador de techo que giraba y giraba, y así Shirley moría
descuartizada. Había sangre en la inocente carita de la niña que
jamás se pudo reponer. Había sangre goteando
las caras de los periodistas. El tiempo se detuvo y en ese momento,
según dicen, los espectadores, congelados de espanto, no volvieron a respirar
hasta que los padres corrieron a ayudar a la niña, hipnotizada por una mancha roja en el suelo con forma de mariposa. Y
cuenta la leyenda que Marielita Loyola desde entonces pulula por
las calles hasta el alba cazando palomas y desollándolas, buscando a la crisálida
de sangre en cada una de sus víctimas.
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