miércoles, 23 de julio de 2014

Niñas: I " La niña maga" Pina González


                                       
Cuenta la historia que hubo una vez una niña maga de largos cabellos rizados que tenía por morada un monoblock del Barrio Infico en San Fernando. La gente hablaba de los poderes de su varita, de cómo hacía desaparecer los juguetes de los compañeros de la escuela, los lápices de colores, y también de un  truco que ella misma había ideado con su paloma Shirley, por supuesto una paloma amaestrada.
Un día sus padres, que deciden seguir los pasos de los progenitores de Macoulay Coulkin, o de cualquiera que haya explotado a sus hijos por dinero, llaman a la prensa para dar a conocer a la niña maga.
No era la primera vez que la prensa tenía noticias de esta niña. Cuando tenía tres años, luego de una caída de un séptimo piso que no le dejó la menor secuela, se había corrido entre los vecinos el rumor de que sanaba enfermos. Y así es que comenzaron a llegar desde la capital, caravanas de ciegos,  sordos e inválidos para que la niña los curara. Pero todo esto terminó rápidamente, ya que al segundo día, Marielita Loyola contagió de sarampión a toda su clase y la gente dejó de creer.
El día en que toda la prensa argentina llegó  a  Barrio Infico, las madres bañaron y  perfumaron a sus hijos por si salían en la tele. Se calzaron los dientes postizos las que tenían, y lavaron y plancharon ropa de  ocasión. Hubo una fila de periodistas agolpándose en la puerta de  la casa de la familia Loyola. Se los recibió a todos con abundante café y un biscochuelo horneado especialmente. Cada detalle fue digitado por Marielita, que le había explicado a cada quien la función a desempeñar durante la velada. Papá serviría el café para los invitados y mamá sería la asistente de sus trucos.
A las cinco se abriría la puerta. La orden fue hacer sentar al público, charlar un poco, responder  las preguntas que ellos harían acerca del crecimiento y la  alimentación de la hija,  de por qué no tenía hermanos, etc…Y a las cinco y veinte  anunciar  la actuación sobre un escenario que Lalo, el carpintero, había construido y colocado en el centro mismo del living comedor.
Cinco y veinte en el reloj pulsera de  Anselmo Loyola. Presentación, música de Floricienta acompañando la escena. La niña sale de capita rosa cocida a máquina por mamá y un vestido de paño lenci usado por ella en un acto del  colegio el año anterior. Varita en mano, queriendo sorprender  al público al hacer  un gesto espectacular con su brazo, lanza hacia arriba a Shirley y entonces: Sangre. La asistente no había reparado en la  presencia del ventilador de techo que giraba y giraba, y así Shirley moría descuartizada. Había sangre en la inocente carita de la niña que jamás se pudo reponer. Había sangre goteando las caras de los periodistas.  El tiempo se detuvo y en ese momento, según dicen, los espectadores, congelados de espanto, no volvieron a respirar hasta que los padres corrieron a ayudar a la  niña, hipnotizada por una mancha roja en el suelo con forma de mariposa. Y cuenta la leyenda que  Marielita Loyola desde entonces pulula  por las calles hasta el alba cazando palomas y desollándolas, buscando a la crisálida de sangre en cada una de sus víctimas.


 

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