Así como las
plantas brotan del cemento la poesía parece brotar de este mundo vacíado. Como
un conjuro sin fin mediante el que las cosas recobrarían su sentido original.
Como el horror ante la certeza de una zanja entre vida y
palabra, y la falta de autenticidad que este vínculo trae aparejada. Como un
arrullo que mantiene despierto nuestro espíritu esencial, primigenio. Como el
intento infinito de llamar a las cosas por su nombre verdadero y la esperanza
de que un día un mundo se nos revelará al dar con la llave precisa, la
indicada. Como una forma propia de nombrar este mundo. Como una manera también
de atravesarlo.
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