Su primera aparición es en el desayuno.
Por más que me lave tres veces la cara para
estar bien despierta y tome la precaución de agarrar la taza con las dos manos,
siempre hay algún motivo para que suceda. A veces, es papá el que vuelca cuando
pasa de una taza a la otra el café con leche para que no me queme. Y ahí llega
el mostro que tiene el color de las sustancias que no logra digerir. La salsa
de los ravioles del domingo, la leche de todas las meriendas y la grasa del
churrasco del almuerzo. Y así crece y crece hasta que un día mamá vuelve en sí
de su hipnosis habitual, y por fin me escucha preguntarle inocentemente ¿maaá,
los trapos se lavan? y lo sumerge en lavandina. Luego de este baño el
mostro-trapo se transforma en una hermosa bailarinita que anda de un lado al
otro de la mesada sacándole brillo a todas las cosas. Pero con el paso de los
días va mutando en este mostro endemoniado con problemas digestivos. Hay que
estar alerta. Cualquier imprudencia puede ser una excusa para que aparezca y su
olor nauseabundo se nos meta por las narices para adormecer nuestro
pensamiento. ¡Aaah, el trapo!
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