Una planta
cae. Una planta cae de un primer piso, balcón a la calle San Luis en el barrio
de Almagro. Otra más que salta al vacío desafiando su infelicidad en este
verano insoportable, pegajoso, insostenible para un individuo destinado a la
recepción de clorofila. Si fuera una enredadera, con suerte, podría establecer
como meta -por tener alguna- el aferrarse a algún enrejado o caño vecino.
Cinco
minutos después de la caída, desde la pala del hombre que bajó a recojerla, la
planta mira desdeñando parte de la tierra sobre la que ha crecido. Esa tierra
que ya no la contiene, que ya nada le significa y que está siendo expulsada,
barrida, arrojada a la calle por una escoba empuñada por un homo-erectus. Ella
piensa en aprender a tirarse de cabeza, de otra manera le sería imposible ir
más allá de la eventual fractura de alguna de sus ramas, de seguro alguna seca.
Para tirarse tendría que pedirle al jazmín chino que la ayudara a treparse al
enrejado del balcón para así, con un balanceo y un salto concretar su idea de
muerte segura. Todo eso si él lograra vencer su prejuicio para con el suicidio,
cosa improbable, y que la conduce a meditar sobre el espanto: hay una
inverosímil conformidad con que las plantas viven sus días. Idea que la hace
nuevamente querer arrojarse al vacío cuando aún no es depositada en el balcón.
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